domingo, 20 de noviembre de 2016

viernes 17

Es viernes. Sobre el escenario "Violeta Parra" de la Plaza del Agua y apenas pasado el mediodía, dos jóvenes de no más de 17 completan alguna tarea escolar. Unas ráfagas de viento hacen volar las hojas de sus carpetas, pero no manifiestan preocupación alguna por la desaparición de sus deberes, hasta podría asegurar que lo prefieren. Aún así, uno de ellos se levanta desganado oponiendo su lenta velocidad y su peculiar caminar al inesperado movimiento del aire marplatense y alcanzando las páginas rebeldes, las pisa sujetándolas con deliberado desinterés. El otro es físicamente más grande, más robusto y hace unos instantes tenía un pañuelo rojo y blanco como vincha. La temprana tarde es fría a la sombra de los árboles pero quema a sol pleno y en el silencio de la plaza -interrumpido cada tanto por un cotorrerío que proviene de la desubicada antena- se está ideal para una siesta, de manera que, abandonando toda responsabilidad, se quita su buzo oscuro, se pone una remera sin mangas de un cian intenso, se tira boca abajo sobre el piso del escenario, entrecierra sus ojos y deja de moverse. El otro llega con sus rayadas hojas prisioneras sentándose a su lado. Hay luz casi cenital sobre la escena y puedo notar que algo pasa entre ellos. No lo demuestran abiertamente, ni siquiera los conozco, pero lo sé. No pasa mucho tiempo para que el más grande, sin cambiar su posición, acomode su brazo derecho extendido sobre las piernas también extendidas de su compañero y esta acción lo inquieta. Serio escanea con su mirada las pocas personas que se encuentran dispersas por el espacio público, me mira. A juzgar por el movimiento de su cuerpo me doy cuenta de que se siente nervioso con esa extremidad ajena sobre las suyas y tomando una regla transparente comienza a medir las distancias de las distintas partes en que se compone ese miembro amistoso: de la muñeca al codo, del codo al hombro y yo alucino con el mundo de Leonardo. Después, con una lapicera o algún instrumento de escritura, se lo marca. Mientras uno se agita inquieto el otro se deja estar. Sobre las piernas movedizas del que está sentado sigue relajado el brazo del que está acostado y así quedan en tiempo constante, cercanos, apenas tocándose, probándose adolescentemente. Pienso en la primera piel que toqué, las excitantes caricias disimuladas, el olor del amor, el miedo por los otros. Se me hace vívida aquella clase de baile de cuerpos pegados, a escondidas, donde nunca nos dijimos nada. Recuerdo otra vez aquel día de Navidad juntos en la cama (hubiera ido al fin del mundo con vos). Miro el reloj, se acerca la hora de ir a mi trabajo así que me levanto del duro asiento de madera y metal y camino rumbo al auto, mientras ellos dos se quedan eternos sobre el escenario iluminado de la plaza.

Alejandro Zoratti Calvi

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