sábado, 20 de diciembre de 2014

aquellos acontecimientos

Mariqueta rara vez venía al hotel de la discordia. Ese día llegó sin avisar con todos los tics juntos: se levantaba las tetas con la parte interna de las muñecas sin tocarlas con las manos, guiñaba arrítmicamente ambos ojos como quien tiene una basurita apostada para siempre, sonreía y dejaba de hacerlo como si se le saltaran los broches del rictus de la simpatía (ahora se puso los hilos de oro) y caminaba levantando el culo como podía en el trayecto verde del parque del hotel sobre sus tacoaguja. Todo eso en el metro sesenta y tres hasta donde la naturaleza la había estirado. Del Mercedes bajaron con ella sus dos hijos más chicos y la niñera, una mujer sencilla y oscura, acostumbrada ya a la falta de respeto de Puquitas y Belina, esos pendejos nacidos durante el segundo matrimonio que se notan carne de diván desde sus escasos cinco y seis años. Los empleados del hotel comenzaron a temblar. Sabían que estaban cumpliendo con sus tareas correctamente, pero conocían también que aquella mujer reaccionaba a los fármacos y al alcohol de maneras muy diversas. Y así fue, de las diez personas quedaron afuera cuatro. La muy turra aprovechaba que casi no había huéspedes y que a sus empleados los mantenía en negro, así que de patitas a la calle y sin chistar, agarre sus cosas y fuera. ¿Explicaciones? No tengo por qué darlas. Acto seguido miró a su cuñado, quien por entonces gerenciaba el hotel y le dijo sonriente: -Vamos, acompañame a juntar unos yuyos. Deciles también a Piqui y a Pepi que vengan. El hombre miró a sus empleados -ahora ex empleados- sin poder emitir sonido; fue a buscar unas tijeras y a sus dos hijos, quienes estaban vacacionando unos días con él, alejados de su madre. Todos se subieron al auto con Mariqueta: el cuñado, los cuatro chicos y la niñera. El sol cordobés de las tres de la tarde de enero se padece si no se está a la sombra de un árbol o en la frescura de algún río y ese hombre sabía que iba a ser una tarde transpirable. Como a las dos horas regresaron cargados de ramas y plantas serranas. El gerente las descargó del auto y las llevó a la amplia cocina mientras Mariqueta, con unos aerosoles plateados, dorados, rojos, verdes, amarillos y anaranjados, pulverizaba aquella naturaleza arrebatada que por muchos meses se mostraría en unos ásperos jarrones blancos sobre las mesas y hogares de las habitaciones del hotel. -¡Ya se va! ¡Ya se va!- alertó agitadamente una de las mucamas. Los cinco empleados y el gerente vieron cómo la dueña del hotel, después de cumplir con su limpieza Reiki, se subía al Mercedes y se alejaba. Los seis, aunque no lo comentaron, pensaron que ese día no les había tocado a ellos. Entonces cada uno volvió a su tarea.

Alejandro Zoratti Calvi

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